martes, 4 de diciembre de 2012

De pequeña me enseñaron a dibujar casitas preciosas, con un jardín increíble, iluminado por un sol enorme, muchos árboles, pajaritos, y hasta personas abrazadas. Y ahora me pregunto, ¿esa fue la realidad? ¿eso ha pasado alguna vez?. No, creo que no. Me enseñaron a desear que llegaran las Navidades para poder pedir miles y miles de Barbies, de juegos de mesa, y cosas que luego guardaría y no volvería a utilizar. ¿Que si me hacía feliz? A todos nos hace feliz, con cinco años, tener todos los juguetes geniales con sonidos, que salen en los anuncios en vísperas de Navidad. Creo que en eso no me quedo sola. Creo que a todos nos ha hecho feliz despertar el día 25 y ver bajo el árbol una decena de regalos con un cartelito que lleva tu nombre. Pero, párate a pensar, ¿de qué sirve que de pequeños nos tirábamos horas y horas dibujando cosas que ni a esa edad eran verdad? ¿que solo podían engañarnos, y hacernos creer que de mayores tendríamos un príncipe azul, un montón de amigos geniales que nunca te fallarían, una casa enorme, con un coche carísimo y una ropa genial?. Pero, míranos. ¿a ti te han enseñado alguna vez que podías toparte con la mierda con la que te has ido topando mientras crecías? ¿quién tenía valor para decirte la cantidad de palos que te llevarías a medida que crecieras? Nadie, ¿verdad?. ¿A ti te han dicho alguna vez que pasarías Navidades sin gente que vas perdiendo poco a poco? Te lo comes tú todo, de golpe. 
Simplemente, este año, pido a quien sea que me lo vaya a dar, que les recuerde que les echo de menos, y que si tuviera que escoger una vida, no sería en una casa enorme, ni con un coche genial. No, sino con ellos, otra vez.

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