Bo, Jota. Hace como dos años te pedí lo único importante. El único favor que te pediría en toda mi vida (más que nada porque poco hemos compartido) y has cumplido solo dos años. ¿Sabes? No me lo creo. Aún estoy intentando asimilar que esto está pasando, o que no pasará. Aún espero su llamada de por las noches, sus visitas cada tres semanas, sus noches conmigo.
Me da por pensar, y solo me sale decir que no he aprovechado estos quince años y nueve meses para estar con ella. Pero no es así, sé que no es así. Que la he querido y la quiero como una segunda madre y que siempre brillará por mucho que se emborrone el recuerdo. No te digo que no duela, porque duele la vida. Duele el suspiro. Duele el alma. Duele verte sola rodeada de gente, ver que quieres desconectar viéndola y, ¡zas!, de repente es imposible. Duele que todas las canciones del piano me suenen a su voz, a su risa. Duele cada día más. Pero sobre todo, duele que todo esto pase tres meses antes de irte a vivir con ella. A que sea tu compañera de piso y la confidente más cercana. Duele saber que no podré reforzar esa relación tan especial. Duele saber que no podré verla cada día al despertarme, ir a dar paseos hasta el parque.
Aún recuerdo cuando era una enana. Todos los días de verano, me despertaba a las nueve, preparaba el desayuno, me llevaba al parque y podía estar sin problema viendo como me columpiaba una hora sin parar de sonreír. Me llevaba al bar contigo, y allí pasábamos la mañana. Que bonita era Talavera desde los ojos de una niña de cinco años. Como brillaba cuando estabais los dos aquí conmigo. Y que triste ahora que ninguno de los dos estáis sentados en el sofá con la perra en las piernas.
Como duele, campeón. No lo sabes bien.
Os quiero.
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